ALEJO CARPENTIER VIAJE A LA SEMILLA EN CUENTOS COMPLETOS PDF

Mikashakar Fernanda Santoscoy marked it as to-read Apr 22, Santiago Murillo added it Apr 23, To see what your friends thought of this book, please sign up. Be the first to ask a question about Guerra del tiempo, El acoso y otros relatos. Alejo Carpentier o las trampas de la memoria 79 sos, el recuerdo lo recordadoque es secundario con respecto al recordar, remite en ambas series a un momento o espacio de tiempo anteriores. Open Preview See a Problem? There are no discussion topics on this book yet.

Author:Samutaxe Voodoogar
Country:Eritrea
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):26 April 2006
Pages:310
PDF File Size:6.10 Mb
ePub File Size:17.69 Mb
ISBN:661-1-11385-231-4
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Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa.

Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. La Ceres apretaba los labios. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo.

La Ceres fue menos gris. Sus tacones sonaban a hueco. III Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas.

Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde. IV Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Reaparecieron muchos parientes.

Volvieron muchos amigos. Las grietas de la fachada se iban cerrando. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. V Los rubores eran sinceros. Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo.

El mundo de las ideas se iba despoblando. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente.

Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado.

Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.

Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Canelo y Marcial orinaban juntos. Eso costaba castigo de cintarazos. Hablaba su propio idioma. Ignoraba su nombre. Sus manos rozaban formas placenteras.

El universo le entraba por todos los poros. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador. Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. El trueno retumbaba en los corredores. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba.

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