EL RETABLO DE MAESE PEDRO PDF

Ensemble: flute doubling piccolo , 2 oboes , English horn , clarinet , bassoon , 2 horns , trumpet , percussion bell, tenor drum, rattles, tambourine, tam-tam, xylophone , timpani , harpsichord , harp-lute or harp , strings. Score published by J. Chester Synopsis[ edit ] In scene 6, Don Quixote, convinced that the puppets are real, destroys the puppet theatre. Master Peter, the puppeteer, appears ringing a bell, with a monkey on his shoulder.

Author:Muran Dukazahn
Country:Guadeloupe
Language:English (Spanish)
Genre:Art
Published (Last):10 August 2017
Pages:217
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D a n g o o k La crtica parece estar de acuerdo en que la aventura del retablo de maese Pedro, junto con los captulos referidos a los regidores rebuznadores captulos XXTV a XXVIII de la Segunda Parte del Quijote, son uno de los pasajes escritos por Cervantes despus de tomar conocimiento del Quijote de Avellaneda de 1 6 1 4.

En la versin apcrifa, 1 don Quijote interrumpe violentamente el ensayo de una comedia de Lope de V e g a titulada El testimonio tal c o m o lo hace don Quijote en la representacin de tteres de maese Pedro en la obra de Cervantes.

A primera vista, ambas aventuras son prcticamente iguales en su concepcin: don Quijote sucumbe a la ilusin teatral y siguiendo los dictados de su locura caballeresca, irrumpe en la representacin para defender la honra de una reina en Avellaneda y ayudar en el rescate de Melisendra en Cervantes.

Desde Ortega y Gasset, quien manifest que Cervantes representa en en este episodio "el mecanismo de la alucinacin del lector o espectador de patraas" , y Menndez Pidal, quien aadi que "la alucinacin 2 ante un espectculo teatral era tema vulgar de ancdotas populares" , sta ha sido 3 bsicamente la interpretacin que ha prevalecido acerca de este e p i s o d i o. Por tanto, es demasiado apresurado concluir que la arremetida de don 5 Quijote contra el retablo es el "lgico" resultado de una inmersin demasiado intensa en la ilusin teatral.

Analizando el estado anmico de don Quijote y sus actitudes c o m o receptor de la representacin, se puede concluir que no se produce en don Quijote ninguna confusin entre realidad y ficcin c o m o se aparenta. D o n Quijote se niega desde el primer instante a asumir el pacto ficcional y se mantiene alejado y objetivo.

C o m o se intentar probar, don Quijote no sucumbe a la dramaticidad de la representacin sino al texto dramtico. La historia del rebuzno precede a la representacin del retablo de M a e s e Pedro. La aventura del retablo de maese Pedro El conductor de armas que don Quijote encuentra en el camino cuenta en la venta que dos regidores se pusieron de acuerdo en imitar los rebuznos de un asno para encontrar un jumento perdido en los montes cap.

Si se centra la atencin en esta idea de acuerdo o pacto y de fingimiento e imitacin, se puede ver que actan c o m o seales anticipatorias de la representacin del retablo.

Ambos regidores han asumido un cdigo comn, compuesto de un signo el rebuzno que es una "parte" del referente total el asno.

Eso alude, por un lado, a la asuncin de un cdigo ficcional y, por el otro, a la disociacin entre v o z y figura, elementos que se darn en el retablo. La idea de "pacto" est contenida en el texto en las palabras de uno de los regidores: "pero a trueco de haberos odo rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en buscarle [al asno]" p.

Como todo convenio o pacto, existe un trueque, un dar mutuo entre 6 ambas partes: en el terreno de la representacin, el espectador consiente en participar de la ilusin del espectculo "doy por bien empleado el trabajo" y el espectculo promete, entre otras cosas, entretenimiento "rebuznar con tanta gracia".

Es muy sugestiva la ridicula confusin entre rebuznos imitados con rebuznos reales, que es el contenido de esta historia, pues puede tratarse de una burla hacia aquellos que caen fcilmente en la ilusin que es capaz de producir el arte.

En este sentido, puede funcionar c o m o una advertencia para el lector de la aventura del retablo que viene a continuacin, como si le dijera que no sea "asno" como los ediles rebuznadores y no se deje atrapar fcilmente por las apariencias del episodio del teatro de tteres.

D e inmediato al finalizar esta historia, se hace presente maese Pedro con su mono adivino y su retablo. A la apariencia misteriosa del maese que trae la mitad del rostro cubierto, se agrega la compaa de un supuesto m o n o adivino que sorprende a don Quijote, no menos que al lector, "adivinando" de buenas a primeras la identidad del caballero andante y su escudero.

Ante esta extraa habilidad del mono, D o n Quijote opina supersticiosamente que maese Pedro debe haber hecho pacto con el demonio. Aqu se produce la segunda mencin de pacto que antecede a la representacin. D o n Quijote parece percibir intuitivamente el misterio del poder creador de este hombre que da vida a seres inanimados a travs de su retablo.

El pacto ficcional tiene una aureola sobrenatural, pues en la peculiar relacin simpattica que se establece entre la ficcin y su receptor se puede decir metafricamente que el espectador o el lector "vende su alma" cuando se introduce de lleno en la ficcin que se le presenta. Por un espacio de tiempo limitado, el lector o el espectador trueca su realidad presente por otra existencia nueva e identificndose con el hroe o la herona, que acta como un alter ego, cumple en la ficcin los deseos imposibles de la realidad cotidiana.

En este sentido, el pacto ficcional puede ser metaforizado como una "relacin demonaca", un "pacto fustico", pues en verdad hay algo de sobrenatural en el poder del arte de crear la ilusin de otros mundos. La aventura del retablo de maese Pedro apariencia misteriosa de maese Pedro y la "virtud" del mono son elementos que preparan al lector para adentrarse en el mundo de ficcin del retablo.

A don Quijote le impresiona la habilidad del mono, que ha adivinado su identidad, pero desconfa, pues sabe que hay farsantes que juegan con la credulidad de la gente y trae a colacin el caso de una seora y su perrilla de falda.

Sin embargo, decide poner bajo el arbitrio de la ciencia del animal el esclarecimiento de si fue verdad o un sueo lo acontecido en la cueva de Montesinos. Este es un detalle sumamente importante porque es un signo de que don Quijote ha entrado en una fase en la que se da cuenta que la realidad es engaosa sin que l la trastoque con su fantasa.

Ha experimentado que la realidad escapa a su control y que puede sobrepasarlo an con su prosaica vulgaridad, c o m o lo ha demostrado el encuentro, inesperadamente grotesco, con Dulcinea transformada en una tosca labradora cap.

X de la Segunda Parte. A partir de este momento, ya no le basta el propio convencimiento de su ficcin caballeresca, c o m o se v e en el hecho de que necesita que el m o n o adivino certifique la veracidad de lo que l ha visto en la cueva y que Sancho le crea a pie juntillas.

Sin embargo, la respuesta ambigua del mono no deja satisfecho a nadie: "-El m o n o dice que parte de las cosas que vuesa merced v i o o pas en la cueva son falsas y parte verismiles" p. D o n Quijote y sus compaeros han ocupado sus lugares c o m o pblico y se han encendido las "candelillas", que son las marcas que separan el mbito de la ficcin y el de la realidad. Aparentemente, todos los presentes han asumido el pacto ficcional de aceptar la ilusin que se les ofrece a su vista.

Este pacto debido a las caractersticas de un retablo exige la aceptacin de un mayor nmero de convenciones. En primer lugar, en lugar de seres reales, suben a escena simples tteres, muecos sin v o z ni expresin y con mnimas posiblidades de movimiento. Todo en ellos es puro significante, no tienen vida fuera de la escena y casi se podra decir que conforman parte del decorado, pues su tarea es semejante a un teln de fondo que ilustra desde un segundo plano la representacin, que ms que tal es una narracin.

D e aqu se desprende la segunda convencin, que es la de mirar a los tteres y hacer como si el muchacho que narra no existiera corporalmente y escuchar slo su v o z de "trujamn". Estas convenciones imponen ms mediaciones entre la ficcin representada y el pblico, reduciendo proporcionalmente la ilusin de realidad en accin. Si a esto agregamos que don Quijote, por experiencias pasadas est ms cauto e inseguro de sus facultades para discernir la verdad o la falsedad de una realidad engaosa y que adems siente desconfianza hacia las artes de maese Pedro, no es de extraar que don Quijote est en guardia contra toda posiblidad de sugestin demasiado intensa del retablo.

La aventura del retablo de maese Pedro representaciones teatrales. Todos estos detalles y especialmente su manera de romper 7 por dos veces el clima de la representacin son indicios de que don Quijote no asume el pacto de ficcin y se mantiene todo el tiempo alejado y objetivo. Cmo encaja esto con el hecho de que don Quijote sucumba a la ilusin al grado de introducirse c o m o un personaje ms en el punto culminante de la representacin?

Pues, porque don Quijote no sucumbe a la ilusin teatral sino al texto dramtico que emite el muchacho ayudante de maese Pedro, esa v o z incorprea que narra la ficcin. D o n Quijote no presta atencin a los muecos sino que slo est atento a lo que escucha. D i c h o de otra manera, no funde en una sola lnea el texto con la representacin.

Su primera interrupcin es una crtica al modo de narrar, reclamndole al muchacho que evite las disgresiones: "seguid vuestra historia en lnea recta, y no os metis en las curvas o transversales" p.

Se trata de una observacin de estilo, que nada tiene que ver con la representacin propiamente dicha. La segunda interrupcin est referida al efecto especial de las campanadas y es una crtica al principio de la verosimilitud: "En esto de las campanadas anda m u y impropio maese Pedro, porque entre los moros no se usan campanas sino atabales y un gnero de dulzainas [ Se trata de una observacin escenogrfica que est dirigida a maese Pedro, el autor de la puesta en escena, y que nada tiene que ver con la accin dramtica.

Sin embargo, a pesar de todas las prevenciones de don Quijote que lo mantienen al margen de la ilusin de la representacin, en la lnea de la narracin estn contenidas las palabras claves que detonarn psicolgicamente la explosin de su locura: la mencin de Zaragoza, a donde se dirige para participar en unas justas; la mencin de la espada Durandina que Roldan no quiere prestar a Gaiferos y que le recuerda a Durandarte, el caballero encantado en la cueva de Montesinos; la determinacin de Gaiferos de que "l solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el ms hondo centro de la tierra", que le recuerda la visin de Dulcinea esperando a ser desencantada en la sima de Montesinos; el brinco de Melisendra sobre el caballo, "a horcajadas como hombre", que le recuerda la imagen de la grosera labradora Aldonza, su supuesta Dulcinea, subindose del mismo modo a su borrica cap.

X ; y el faldelln que se queda colgando ridiculamente de los barrotes del b a l c n , que le recuerda 8 la falda que le ofrece una de las doncellas de Dulcinea encantada a cambio de seis reales destinados a solventar las necesidades econmicas de su dama en la cueva. Se trata de un aspecto materialista que rebaja a su ideal al nivel de los mortales ms vulgares. La aventura del retablo de maese Pedro que es, sobre todas las cosas, un descenso a las profundidades de su propia alma.

Las visiones de la cueva son un sueo en donde, en los mejores trminos freudianos, se expresan las identificaciones, los deseos y los temores de don Quijote. Est claro 10 que su mayor miedo es que no poder desencantar a Dulcinea y que quede siendo Aldonza para siempre, pues la locura caballeresca que ha asumido para s no se sostiene sin la que es el sostn de sus armas. Sin embargo, en la medida que l sale de la cueva dejando las cosas c o m o estn, sin poder liberar a su dama y a los otros prisioneros, la duda en la propia capacidad de lograr la restauracin de la caballera en el mundo no slo permanece sino que se ha acrecentado y lo persigue de manera an ms obsesiva.

Siguiendo esta lnea de razonamiento, su violenta irrupcin en la representacin del retablo no es un nuevo asalto de su locura caballeresca detonada por la extrema ilusin teatral sino una explosin de su fuero interno, en un arrebatado intento de destruir los temores y dudas de su espritu que lo han comenzado a acosar con fuerza desde que ha salido de la cueva. Hemos visto que D o n Quijote viola desde el inicio las exigencias del pacto ficcional rehusndose a participar en la ilusin de la representacin y se mantiene c o m o un observador crtico y externo.

En este sentido la destruccin del retablo, y por ende, de la ilusin de la representacin, puede verse como una accin acorde, pero extrema, de la actitud de desapego que ha mantenido desde el principio hacia la dramatizacin. La prueba de que don Quijote ha disociado representacin y texto narrativo, sucumbiendo slo a los disparadores psicolgicos de este ltimo, es que despus que ha vuelto sobre sus cabales, diferencia claramente la Melisendra del romance de la Melisendra del retablo, mero ttere, y se niega a pagar el precio que le exige maese Pedro: "no hay para qu venderme a m el gato por liebre, presentndome aqu a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgndose en Francia con su esposo a pierna tendida" p.

A primera vista, la aventura del retablo de maese Pedro y su violento final pareciera ser el lgico resultado del mecanismo de la locura de don Quijote, que es cuerdo mientras no le salgan al paso con algo tocante a la caballera, en este caso una duea en peligro; o pudiera entenderse como un caso tpico de sugestin extrema de realismo producida por una ficcin, c o m o ocurre con personajes sumamente ingenuos c o m o el protagonista de Fausto del escritor argentino Estanislao del Campo.

Sin embargo, c o m o h e m o s tratado de demostrar, la reaccin de don Quijote tiene ms matices. N o es el ver la accin dramtica que se lleva a cabo en el escenario lo que dispara su locura sino el escuchar la narracin del muchacho-trujamn. Y dentro de la ficcin romancstica que narra el muchacho, las palabras que detonan su ciega arremetida contra los tteres se relacionan directa o indirectamente con Dulcinea.

La aventura del retablo de maese Pedro y las poco reconfortantes visiones de la cueva de Montesinos, don Quijote se encuentra en un estado de profunda tensin interior, pues su fantasa caballeresca ha sufrido sutiles pero certeros golpes. Su mayor anhelo es liberar a Dulcinea del encantamiento y las enormes ganas de hacerlo lo llevan a sentirse a tal punto identificado con Gaiferos y su empresa de rescate c o m o para hacerlo irrumpir dentro de la representacin.

Sin embargo, es llamativo que lo haga de esa manera violenta y destructiva precisamente cuando Melisendra ya ha sido liberada por su esposo y ambos se escapan cabalgando. La ciega arremetida de don Quijote, que ha sido tocado en las fibras ms ntimas de su alma por ciertos pormenores del texto dramtico, es tambin un desesperado intento de borrar los fantasmas y las dudas que asaltan su corazn.

En el aspecto estructural, dentro de la unidad de la novela, la aventura del retablo constituye un pasaje de transicin en el tipo de aventuras con las que se enfrentar don Quijote. En la Primera Parte de la novela, don Quijote era dueo y creador de sus aventuras. Su locura era la que actuaba sobre la realidad, transformndola. En esta Segunda Parte, en cambio, don Quijote se encuentra con que los planos de la realidad y la ficcin se intercambian y superponen, fuera de su control, c o m o caras de una misma moneda.

El primer paso es el encuentro con Aldonza, su supuesta Dulcinea, en el que la realidad cotidiana, hasta ahora pasiva y moldeable segn su fantasa, sobrepasa irnicamente su propia capacidad de fantasa y se le impone brutalmente. A partir de entonces, su locura sufre una transformacin: ya no hay error de percepcin en cuanto a las formas de las cosas: el barco es un barco, el len es un len, la venta es una venta.

El segundo paso de esta transformacin es el retablo de maese Pedro. Si antes don Quijote creaba una ficcin frente a la realidad, ahora crea una realidad a partir de la ficcin. Realidad y ficcin se invierten, al menos momentneamente, pero en aventuras posteriores se confunden por completo para don Quijote, pues no podr darse cuenta de que aventuras que l cree reales son en realidad creaciones artificiosas de otros personajes.

D o n Quijote es responsable slo a medias de la aventura del retablo, nicamente en la medida de su reaccin intempestiva. La otra mitad de la responsabilidad la tiene maese Pedro, quien es en realidad Gins de Pasamonte, el picaro liberado por don Quijote en la aventura de los galeotes del libro primero, como se revela en el captulo XXVII. Gins de Pasamonte es un personaje que posee capacidad creativa, como escritor de su propia vida de picaro y como autor del retablo. A d e m s tiene conocimiento de la locura de don Quijote, por lo cual arma toda la farsa del m o n o adivino.

Estas dos caractersticas, capacidad creativa y conocimiento de la locura del caballero andante, son precisamente las que tienen en comn todos aquellos personajes que le fabricarn aventuras a nuestro caballero andante en los captulos posteriores.

La aventura del retablo de maese Pedro de situaciones futuras, en las que don Quijote se convertir en actor involuntario de aventuras montadas adrede, y por ende, en espectculo para un pblico que lo contempla, c o m o son los duques. El pasaje del retablo de maese Pedro ha sido objeto de anlisis muy ricos y convincentes, siendo visto como la dramatizacin literal de la relacin de autor, narradores, personajes y lectores George Haley, "El narrador en Don Quijote: el retablo de maese Pedro" [], recogido en Haley ed.

El creador a imagen del diablo o la imagen de Dios", cap. IX de Cervantes y su concepto del arte. Madrid, Gredos, , pp. Como lo notara Menndez Pidal, Cervantes opera "por repulsin" a su fuente "Un aspecto Estudios sobre Cervantes y su posteridad literaria, Barcelona, Crtica, , pp. La aventura del retablo de maese Pedro Intereses relacionados.

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